El día que empezaba no tenía gran cosa de especial. Nuestro tren salía a la 1 de la tarde y llegaba a las 5 a Datong así que desayunamos por nuestra cuenta (casualmente en McDonalds XD), comimos pronto con esta gente y nos despedimos. El viaje a Datong, sin pena ni gloria, paso entre charla amena y una digestión agradecida.

Llegamos a Datong, lo que parecía (y posteriormente confirmaríamos) una ciudad fea de pelotas. Nuestro objetivo allí era irnos a ver unos templos colgantes en una montaña y unas cuevas (Cuevas de Yungang) llenas de budas. Nos habíamos informado y el CITS tenía una excursión barata a esos dos puntos así que nos pusimos a buscar. Nos paso la típica situación de que un hombre te dice que te lleva donde le has pedido y te termina llevando donde le sale de los huevos para venderte otra cosa. Un par de fintas y muchos “bu yao bu yao” nos libraron de el. 20 minutos después estábamos en la verdadera oficina del CITS contratando las excursiones. El tipo que nos atendió daba un mal rollo bastante serio y, ademas, tenía cierta obsesión con que pasáramos de nuestro hotel y durmiésemos en el que el nos decía porque estaba “mucho más cerca”. Después de ir al baño en ese hotel y casi morir devorado por cucarachas decidimos que nuestro hotel tenía mejor pinta. Contratamos la excursión y el tren a Beijing que, encima, era un nocturno que llegaba a las 5-6 de la mañana.

Tras hacernos los valientes 15 minutos e intentar coger un bus que nos llevaba al hotel decidimos tirar de “la astucia del occidental” o también conocida como “llamar a un taxi que va a ser mejor”. Ya en el hotel dejamos los bártulos y nos surgió el primer problema…no había internet. Esto no parece del todo malo si no fuera porque lo necesitábamos para reservar el hotel de Beijing. Así, nuestra tarde (o lo que quedaba de ella) iba a ser dedicada a la búsqueda de un locutorio o similar. Esto, que pudiera parecer fácil, fue un infierno total. Lo primero es que callejeamos por unas zonas que prefiero no recordar. Lo segundo que la Lonely Planet marcaba dos locutorios que o existían. Y lo último, que uno no puede cruzarse medio planeta y encontrarse esto sin deprimirse.

Como buena ley de Murphy la calle de los cibercafes no existía. No nos quedaba otra así que fuimos preguntando tienda por tienda hasta que después de 5 nos dimos cuenta que “internet” no se dice “internet” en chino…zas!!. Terminamos metiéndonos en una imprenta donde poco menos que secuestramos un ordenador ante la atenta mirada de los dueños y poco después salimos con una cara de felicidad y la última reserva de hotel que necesitaríamos hasta acabar el viaje. Cena + charleta + vuelta al hotel concluyeron un día que, pese a no dar para mucho, nos dio un respiro para la recta final.

En el siguiente post muchos budas y templos colgantes. Hasta la próxima!!

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