Viajar como viajamos por China es como conseguir el numero 1 de la ATP. Es chungo hacerlo pero más chungo es mantener el ritmo. Llevábamos bastantes días madrugando sin parar y se acumulaba el cansancio cosa que ni de lejos mellaba nuestro animo. Ese día en particular nos levantamos felices de no tener que pensar destinos y “sabiendo” que el planning estaba más o menos cerrado.

Desayunamos en el albergue el desayuno americano que como la propia palabra indica era lo que los chinos piensan que come un americano…vamos que no se parecía en nada. Como prueba de que seguíamos con el animo en alto aquí tenéis el cacho de baile que me marque con la musica del movil de Kitt.

Rato después estábamos con Kitt en el taxi que había conseguido (a saber como) y nos dirigíamos a Huanglong. Una de las cosas que nos choco fue que el taxista estaba obsesionado en saber si teníamos problemas de salud. Posteriormente nos enteraríamos que esta obsesión se debía a que íbamos a subir a alturas superiores a 4000 metros (según el chino…) y podríamos sufrir de mal de altura. Lo cierto es que el trayecto transcurrió entre unas carreteras guarras a bastante altura pero nunca nos dio la impresión de alcanzar altitudes peligrosas. Además, no hay nada mejor para matar el mal de altura que….King Africa!!!

Eso y que, para variar, las vistas eran mu majas.


Huanglong era el parque natural que originariamente encontramos rebuscando por internet y que motivo nuestra visita al pueblo de Jiuzhaigou. Hay que decir que el parque es alucinante pero pierde esplendor cuando ya se ha visitado Jiuzhaigou (y eso que a este último fuimos de rebote). A la llegada como no, hicimos un vidiejo.

No tardamos mucho más en llegar a la chicha que consistía en unas lagunas de colores que iban bajando por una ladera. El parque en si no debía de ocupar más de un cuarto de lo que ocupaba Jiuzhaigou pero teníamos el valor añadido de poder verlo esta vez a la luz de un sol de justicia.




El paseo nos duro la mañana y poco más así que el taxista nos ofreció ir a las grasslands que había cercanas por un módico precio. No teniendo nada mejor que hacer allí que nos fuimos. Montamos en el coche, hicimos un cuello roto generalizado y cuando nos despertamos ya estábamos en el destino.

El sitio al que nos llevo el taxista era unas praderas tela de grandes donde Heidi hubiera podido grabar 15 temporadas. Esa zona era calcadita a la que había visto yo hacía un año en Mongolia Interior y de hecho compartían las praderas, los animales, las casas (yurtas) y la cara de gitanos tostaos al sol y achinados.



A los “praderienses” de allí les pareció una idea genial intentar que nos montáramos a dar una vuelta con sus caballos y de paso cobrarnos. Tuvimos que explicarles que en España teníamos caballos que se podían comer a esa mierda ponis sin mucho problema.

El día no dio para más y solo nos restaba volver al “hogar”. Al llegar el taxista nos intento hacer la 13-14 diciendo el mítico “donde dije digo, digo Diego” pero le explicamos que haberse criado en Carabanchel no solo servía para huir en tiempo record tras años de practica. Pagamos lo acordado y quemamos el resto de la noche en el albergue comiendo lo que en ese momento nos parecían las mejores pizzas del mundo.

Al día siguiente nos tocaría de nuevo movimiento para trasladarnos a la ciudad de los Guerreros de Terracota. Por supuesto, todo esto y mucho más en el próximo capitulo.

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